Thursday, February 8, 2018

Gladys L. Portuondo, FERNANDO ORTIZ EN LA ENCRUCIJADA DEL "DESCUBRIMIENTO"

0 comentarios Enlaces a esta entrada


Autora: Gladys L. Portuondo
Versión original publicada en:  "Vivarium", Revista del Centro Arquidiocesano de Estudios. Departamento de Medios de Comunicación Social, Arzobispado de La Habana, No VII, septiembre de 1993.




"América fue Nuevo Mundo o tierra virgen, sin ser conocida de hombre, pero no pudo serlo más de una vez. Mejor pudo decirse que este gran continente, extendido entre los otros, vertical y medianero, era el Último Mundo...el mundo más remoto y desconocido de los demás, el que desde Occidente se civilizó con retraso. Amárica fue el Mundo Tardío; acaso tenga por destino ser un Mundo Terminal".
Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar", 1940.


"La historia americana no puede ser comprendida sin conocer la de todas las esencias étnicas que en este continente se han fundido y sin apreciar cuál ha sido el verdadero resultado de su recíproca transculturación".
Fernando Ortiz, El engaño de las razas, 1946.


Con la teoría de las transculturaciones, Fernando Ortiz Fernández (1881-1969) contribuyó, en no poca medida, a la comprensión, sin la cual no hay verdadero "descubrimiento", de las culturas americanas.
Transculturación y descubrimiento se convierten, en la obra de Ortiz, en nociones de esclarecedora sinonimia. Como producto de sucesivas transculturaciones, América deja de ser un "Nuevo Mundo", Mundo Originario o Inicial, recién nacido en su lozanía a los ojos del europeo, para convertirse en "Mundo Tardío"o "Mundo Terminal", puesto que a fin de cuentas, todo mundo es siempre un resultado. Pero por otra parte, América apareció ante Occidente como el mundo en que épocas diferentes y culturas con diversos grados de desarrollo socioecónómico se fusionaron -casi un imposible. Mundo que allende los mares parecía anunciar la venida de un Tiempo Nuevo: aquél cuyas coordenadas comenzarían a girar, en los siglos XV y XVI del Renacimiento europeo, en torno al hombre como centro y destino de todos los valores culturales.
De forma gradual, la universalización del antropocentrismo en Europa recibió las influencias del proceso de transculturaciones que se fraguaba dolorosamente en América y que contribuyera vitalmente a la renovación económica, política y espiritual de  la cultura europea. América no fue ajena a la nueva mirada que el hombre europeo dirigió hacia sí mismo, gracias, en gran medida, a la contribución de un nuevo horizonte de referencia en los nuevos territorios descubiertos y conquistados; ni lo fue a la nueva percepción que el espíritu europeo alcanzó en la modernidad del tiempo histórico  y que las nacientes filosofías de la historia suscribieron, reconociendo dimensiones hasta entonces ignoradas del ritmo de sus transformaciones, convertidas en prolijo material para las crónicas y el conocimiento de costumbres exóticas.
Estas influencias trascendentales para la cultura europea no desbordan las  fronteras con que el eurocentrismo ha abarcado las proyecciones universales del "descubrimiento", sobre las cuales se polemiza, a menudo, sobre la base de un equívoco: el de lo vituperable del eurocentrismo. Sin confundirlo con el extremo en el que la historia de América ha sido percibida como mero apéndice de la historia europea y que proporciona al eurocentrismo sus formas más burdas y desvirtuadas, tampoco puede olvidarse que el "descubrimiento" contribuyó no sólo a ampliar, sino también a relativizar los contornos de la cultura europea, obligándola a mantener la visión de su propio "centro" en las nuevas condiciones.
Las críticas de las costumbres que el pensamiento renacentista y moderno realizó flexibilizaron las tradiciones culturales europeas, remodelando los límites donde se encerraba la originalidad en la que descansa su "centro" -en tanto "punto de equilibrio". Siempre que se consideren los contornos dentro de los cuales toda cultura tiene su centro, y que son los de su propia originalidad y tipicidad, pueden identificarse las formas nocivas de los centrismos. Para Europa, el despliegue del sentido crítico en la búsqueda perenne de los movibles contornos de su cultura adquiere un sello característico en la era del descubrimiento, que dio paso a los escepticismos contribuyentes a diluir los dogmas, incluyendo las formas dogmáticas del eurocentrismo. El descubrimiento se hace empresa de renovación universal para Europa, a la par que de transculturación para América. Ello repercute en nuevos modos de renovación de los "centros" de la cultura europea,  trasplantada a suelo americano. Estas renovaciones van asociadas a la neoculturación[1], de carácter endógeno en la constitución y delimitación de nuevos puntos de equilibrio o "centros" de fusión de múltiples y heterogéneos "factores humanos", como Ortiz llamaba a los diversos ingredientes de una cultura -que  aquellos factores ajenos a la cultura europea, incorporados por las influencias y la absorción de las culturas precolombinas originarias, así por como los importados de África, contribuyeron a realizar.
¿Qué convierte a Ortiz en un auténtico "descubridor"?  -puesto que el "decubrimiento" es tarea de generaciones. Haber revelado las tendencias y fases del proceso de formación de las culturas americanas con su teoría de las transculturaciones, tomando como modelo o caso particular la cultura cubana, con el consecuente rechazo de concepciones convertidas en prejuicios (como el racismo)  fue el resultado de la erudita labor de reconstrucción histórica de las intrincadas fuentes de la "cubanidad", así como de los vericuetos por los que transitaron los "factores humanos" que desembocaron en nuevos "centros". Al investigar desde dentro -desde su propio centro- la cultura de Cuba, Ortiz inauguró el método histórico-genético  de la búsqueda de sus factores constitutivos, de valor universal para la antropología cultural; fue el primero en realizar estudios de campo en la investigación de las etnias afrocubanas[2], extendiendo el análiisis y el método histórico a la etnografía. Su comprensión antropológica de los "factores humanos de la cubanidad"  desmiente la opinión común acerca de su obra, que la ciñe y reduce al foklorismo. Como señala Lino Novás Calvo, refiriéndose a Ortiz: "El folklore no es para él sino uno de los medios para el estudio del hombre, del hombre en su totalidad, sea éste negro, blanco o mulato"[3]. Su antropocentrismo da cabida posible a todos los "factores" de la cultura: "el folklore...las artes literarias y plásticas, así como la economía, el derecho, la magia y todos los hechos humanos de cualquier pueblo o época"[4], sin privilegiar a ninguno y eludiendo toda perspectiva causalista unilateral -pues para Ortiz la historia coloca a unos u otrosfactores  en primeros o segundos planos.
La obra de Ortiz devela una fructífera dimensión de lo humano en el retorno de la memoria histórica a la encrucijada del descubrimiento, cuyo diálogo con la posteridad, del cual ha de participar la voz del "tercer descubridor" de Cuba, abrirá siempre senderos renovados.






[1] En su "Contrapunteo...", Ortiz resume el proceso de formación y constitución de la cultura cubana en cuatro fases: desculturación o exculturación, fase inicial de destrucción colonialista; inculturación o aculturación, segunda fase, de sumisión a la cultuira de conquista; transculturación o intercambio cultural recíproco y,  por último, neoculturación o formación del nuevo tipo de cultura  o lo que podemos llamar nuevo "centro" cultural. Estas fases tienen validez universal en el continente americano, aunque con diferentes medidas y resultados.
[2] Cf. Diana Iznaga, "El estudio del arte negro en Fernando Ortiz". Instituto de Literatura y Lingüística, Academia de Ciencias de Cuba, 1982, p. 14.
[3] Libro-Homenaje a Frernando Ortiz, Vol II, La Habana, 1955, p. 1137.
[4] Fernando Ortiz, "La africanía de la música folklórica de Cuba", La Habana, 1965, p. IX.